Cuba post Fidel

Cuba post Fidel

Raúl Sohr

CHILE – A lo largo de más de medio siglo se especuló sobre qué ocurriría en Cuba tras la desaparición de Fidel Castro. El destino político de la isla y su vitalicio gobernante aparecían indisociables. Su muerte, sin embargo, fue un anticlímax para los que esperaban un quiebre del régimen. El sistema, como los cubanos llaman al Partido Comunista y toda la parafernalia que rige al país, garantizó una transición gradual. Así, el fallecimiento de Fidel, a los 90 años, el 25 de noviembre, no alteró la conducción de su hermano Raúl, de 85 años, que asumió las riendas del poder en 2008 al quebrantarse la salud del líder de la revolución que depuso al dictador Fulgencio Batista en 1959.

Hoy, a comienzos del 2017, sin embargo, tan relevante como lo que ocurre en Cuba es qué tiene en mente Donald Trump en relación a la díscola isla caribeña. Más allá de los discursos antiimperialistas, la realidad cubana está condicionada en un alto grado por los designios de Washington. En estos momentos el panorama político es incierto y poco auspicioso. Trump, como en muchas materias, ha tenido una postura mutante frente a La Habana. Al comienzo de su campaña presidencial, hace un año y medio, se mostró favorable al levantamiento del embargo comercial y financiero que pesa sobre la isla desde 1962. Pero hacia el final del proceso electoral señaló que habría que reconsiderar el tema. Comenzó por declarar que el restablecimiento de relaciones políticas estaba bien, pero que “Estados Unidos y el pueblo cubano no obtuvieron mucho a cambio”. Hacia el final de la campaña, en un discurso en Miami frente a numerosos cubano descendientes, endureció su postura: “Todas las concesiones de Barack Obama al régimen de Castro fueron realizadas a través de órdenes ejecutivas, lo que significa que el próximo Presidente puede revertirlas, y yo lo haré, a menos que el régimen de Castro cumpla con nuestras exigencias”.

Entre las medidas que pueden ser revertidas figura la apertura de viajes a la isla sin requerir permisos, como en el pasado. También, restricciones a los noventa vuelos diarios autorizados en la actualidad y el cambio a las normas que rigen las operaciones de las cadenas hoteleras estadounidenses en Cuba, como Marriott, Starwood o Airbnb. La señal más clara que Trump cumplirá con sus promesas de exigir más reformas a Cuba es el nombramiento de Mauricio Claver-Carone como miembro del equipo de transición en el Departamento del Tesoro. Sobre el restablecimiento declaraciones con la isla, este futuro funcionario señaló que “el nuevo curso tomado por Obama en relación a Cuba ha empeorado una situación que ya era mala”. Su política “ha pasado de lo que inicialmente se describió como un noble propósito a pura adulación en la búsqueda de ‘primicias históricas’”. Claver-Caronese se desempeñó como director ejecutivo del grupo lobista US Cuba Democracy PAC, muy activo en actividades destinadas a asegurar la mantención del embargo. Desde ya ha anticipado que una de las medidas será prohibir inversiones donde participan empresas vinculadas con las Fuerzas Armadas cubanas. Los militares están involucrados en la industria hotelera, así como en el resto de la economía. También podría restringir los mecanismos de envíos de dinero a la isla. En los hechos, Trump ha dado un ultimátum por tuiter: “Si Cuba no está dispuesta a dar un trato mejor al pueblo cubano, a los cubanos americanos y a los Estados Unidos, yo cancelaré el acuerdo (alcanzado con Obama)”.

Cabe preguntarse por qué Trump cree que podrá forzar a Cuba a aceptar sus términos. La conclusión que sacó el Gobierno de Obama es que más de medio siglo de intentos por asfixiar y someter al régimen cubano rindieron frutos negativos. John Kerry, ministro de Relaciones Exteriores de Obama, sintetizó así el impacto de la política de Washington: “Durante cinco décadas y media nuestra política hacia Cuba ha permanecido virtualmente congelada. Se ha hecho poco por promover un Estado próspero y democrático en Cuba. Esta política no solo ha fallado en lograr los objetivos norteamericanos, en los hechos ha aislado a Estados Unidos en vez de aislar a Cuba”.

UNA HISTORIA CONFLICTIVA

Washington rechazó tempranamente la victoria de Castro que, a su juicio, presentaba un reto al orden hemisférico. Para acabar con el emergente poder revolucionario, Estados Unidos armó a millares de hombres, en su mayoría cubanos, que desembarcaron en 1961 en Bahía Cochinos con el afán de imponer un gobierno afín. La aventura intervencionista concluyó en una estrepitosa derrota. Allí quedó sellada la suerte de Cuba en el corazón de la Guerra Fría. Castró, enfrentado a su poderoso vecino, se alineó junto a la Unión Soviética, que intentó instalar armas nucleares en la isla, en un hecho que provocó la llamada “crisis de los misiles” en 1962, que llevó al mundo al borde de la guerra atómica. Lo que Estados Unidos no pudo conseguir por las armas lo intentó por la vía de un drástico bloqueo comercial. Según el Gobierno cubano, las pérdidas por el cerco alcanzan a los US$ 116 mil millones desde que rigen las sanciones. Las cifras, en todo caso, no dan cuenta del enorme sufrimiento humano. Cuba enfrentó grandes penurias económicas debidas también a una defectuosa gestión económica. El punto más crítico lo vivieron tras el colapso de de la Unión Soviética en 1989. La isla recibía una importante ayuda de Moscú.

Los tiempos de bonanza relativa vividos en el seno del campo socialista fueron recordados en Cuba como los años de las vacas gordas. Los que luego siguieron fueron llamados por la nomenclatura oficialista como el “período especial”, en tanto que el pueblo aludió a ellos como “los años sin vacas”. En el plano político todo asomo de oposición fue reprimido sin miramientos. Nunca fueron permitidas las opiniones disidentes. Unos dos millones de cubanos abandonaron el país. Con todo, Cuba desarrolló sistemas de salud y educación que se cuentan entre los mejores del mundo en desarrollo. Los indicadores de mortalidad infantil y longevidad son comparables a los europeos.

Cuba, limitada en su acción política en América Latina, desafío las presiones occidentales en África, donde libró sangrientas batallas. Fidel Castro señaló que 381 mil de sus hombres lucharon en tierras africanas. Se estima que tan solo en Angola murieron más de diez mil soldados caribeños en las campañas por derrotar a las fuerzas colonialistas y del supremacismo blanco sudafricano. En reconocimiento a este sacrificio, Nelson Mandela optó por viajar a Cuba en su primera visita presidencial. En la ocasión, en 1991, Mandela abrazó a Castro y lo llamó: “Una fuente de inspiración para todos los pueblos amantes de la libertad”. No faltaron los críticos a este homenaje. A ellos Mandela les dijo: “Hay gente que nos da consejos sobre Cuba- Son los que apoyaron el régimen del apartheid durante cuarenta años. Ningún hombre o mujer con sentido de dignidad aceptaría consejos de gente a la que nunca les importamos durante nuestros tiempos más duros”.

Las tropas cubanas jugaron un papel decisivo en la derrota del ejército sudafricano en Angola, cambiando el rostro del continente. El régimen racista de Pretoria, con respaldo de Estados Unidos, Gran Bretaña, Francia y las viejas potencias coloniales, intentó deponer a los emergentes gobiernos de liberación nacional en las excolonias portuguesas: Mozambique, Angola, Guinea Bissau y Cabo Verde. Las raíces africanas de muchos cubanos, en especial de África occidental y central, contribuyeron a la voluntad de apoyar la lucha del África negra. La ignominia de la esclavitud que trajo, en condiciones infrahumanas, a sus antecesores al nuevo mundo fue un fermento poderoso de la lucha solidaria.

La vocación cubana por África continuó tras las victorias militares. Miles de médicos, maestros e ingenieros han participado en proyectos de mejoramiento de las condiciones de vida. El último episodio fue la desesperada campaña contra el ébola, que causó más de once mil muertes en Guinea, Liberia y Sierra Leona. Cuba se puso a la cabeza de las riesgosas operaciones sanitarias. Una nación de once millones de habitantes, con un modesto ingreso per cápita de US$ 6.051, despachó 461 personas para combatir la enfermedad. En el momento álgido de la crisis, en el 2014, Castro los describió como “un ejército de delantales blancos”. Según autoridades médicas cubanas, doce mil funcionarios se presentaron como voluntarios para enfrentar la pandemia.

UNA TÍMIDA TRANSICIÓN

En la óptica del socialismo revolucionario, al igual que en la del capitalismo, la alternancia en el poder con un radical polo contrario no figura como opción. A partir del 2011 Raúl Castro introdujo una serie de reformas económicas. De especial relevancia fue la autorización para la compra y venta de propiedades inmuebles. La medida fue entendida como una concesión a la gravitante alta oficialidad de las Fuerzas Armadas y a la tecnocracia partidaria, que no tenía en qué invertir y consolidar sus ingresos. También se reconoció una serie de oficios que podían desarrollar pequeños comercios. Esta fue un área que prosperó y en la actualidad hay más de medio millón de cubanos que se desempeñan en actividades privadas. Destacan las prestaciones turísticas, que han multiplicado sus posibilidades con el influjo de visitantes estadounidenses, entre otros.

Estas se podrían caracterizar como lo que se ha dado en llamar el “socialismo de mercado”. Corresponde al modelo aplicado primero en China y luego en Vietnam. Ambos países han acometido profundas reformas que han dinamizado sus respectivas economías. Los dos países asiáticos han abierto sus puertas a la inversión extranjera en vastos sectores de sus economías, al igual que al turismo. Así, amplios sectores de la economía son regidos por el mercado. Pero el Gobierno mantiene el monopolio del poder político y de los sectores económicos considerados estratégicos. En ninguno de estos países, así como en Cuba, es tolerada ninguna forma de oposición organizada. Al respecto, Raúl Castro aclaró cuál era la intencionalidad de los cambios acometidos: “Las medidas que estamos aplicando, y todos los cambios necesarios para la modernización del modelo económico, apuntan a preservar el socialismo, fortalecerlo y hacerlo verdaderamente irreversible”.

El nerviosismo de la ortodoxia comunista cubana es comprensible. Cuba es más vulnerable a la influencia de Estados Unidos y el capitalismo que sus pares asiáticos. La proximidad geográfica, sumada al peso de la gran diáspora de Miami, gravita con fuerza en la isla. El recambio político y generacional de la dirigencia comunista tiene fecha. Raúl Castro ha anunciado su retiro para el 2018, cuando concluya su segundo período presidencial. El presunto delfín para asumir la máxima magistratura es Miguel Díaz-Canel, de 56 años, que se desempeña como Vicepresidente Primero del Consejo de Estado, es decir, segundo en la jerarquía del poder. Conspira en su contra su bajo perfil de tecnócrata y la ausencia del carisma de los hermanos Castro. Al parecer no cuenta con el apoyo de los sectores conservadores del sistema y tampoco de la poderosa cúpula militar.

Lo que es seguro es el traspaso a una nueva generación política. Es un imperativo biológico: los guerrilleros de la Sierra Maestra que protagonizaron la revolución rondan ya los 80 años. Incluso en sistemas unipartidistas, una semana en política puede ser un largo tiempo. Ya otros “seguros” sucesores de los hermanos Castro, como Carlos Lage, fueron eclipsados. De aquí al 2018, en tiempos políticos, es una eternidad, en especial si se tiene en cuenta la llegada de Trump a la Casa Blanca.

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Raúl Sohr. Analista internacional. Artículo publicado en revista Mensaje de Chile, www.mensaje.cl

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